JUAN CARLOS I,

ASESINO DE SUEÑOS

Tu afilada corona has hundido en el corazón de la tierra,

pues del corazón de la tierra se alzaron como truenos de luz los nueve osos que mataste.

Uno de ellos era una osa gestante.

Y mientras te hicieron la foto de pie sobre los muertos ya frondosos de hojas azules y de silencio,

no oías el ronco sollozo de la tierra bajo la hierba enrojecida

ni oías reír a la muerte desde su trono en tu corona.

Al castillo de tus ojos sólo ascendían las alabanzas de tus súbditos.

Todas esas voces que son ramos de flores alrededor de tu cabeza y que te impiden oír los verdaderos sonidos.

El crujido triste de la hierba al quebrarse bajo el derrumbe de las catedrales de los osos abatidos.

El hondo suspiro femenino del aire vaciado de pronto de esas nueve cegadoras siluetas.

El rugido alucinante de los osos no nacidos que desde ese momento seguirán tus pasos.

Y rugirán en tus oídos mientras bromees en tus rosadas recepciones de palacio.

Y rugirán en tus oídos cuando envuelto en nubes de aplausos bajes del avión.

Y rugirán en tus oídos cuando regurgites palomas y globos de colores en tus mensajes navideños.

Y cuando en la noche te arropes con sábanas doradas y le des con voz pastosa las malas noches al Tercer Mundo besando su arrugada mejilla gris,

los osos no nacidos rugirán.

Pero sólo oirás ese rugido cósmico cuando el peso de tu bandera empapada en rojas lluvias de sueños te hunda abrazado a su mástil en la tierra.

Lo oirás, solitario eco, en el helado silencio de tu fosa.

Cuando ya ni tu corona ni el apacible planeta de flores de las voces de tus lacayos cubran tu cabeza,

entonces sí lo oirás.

Pero en ese vasto y sumergido palacio de arena estarás solo;

mucho más solo de lo que ahora lo está el campo de Rumanía sin los nueve osos que asesinaste y el futuro sin los oseznos que jamás contemplarán las estrellas, los ojos de su madre ni observarán levantarse entre la hierba al rostro luminoso de la primavera.

Solo.

Porque en el reino de la tierra no hay más soberanos que la verde savia y los misteriosos hombros que la aúpan hacia la luz para prender en la irisada hoguera de la flor,

y tú, rey de España, rey de hielo, el invernal,

eres el enemigo de la vida.

Juan Carlos I, te odio,

la naturaleza odia tu sangre azul,

la naturaleza odia tus manos rojas.


Ángel Padilla